martes, 15 de abril de 2014

La Tierra en movimiento



Autor: John Woodward
Asesor científico: Kim Bryan
Traductor: Fernando Bort Misol
Editorial: Macmillan, Madrid, 2012. 23,90 €

Esta propuesta de divulgación científica trata de conjugar los dos soportes actuales por los que hoy podemos acceder al conocimiento: el bibliográfico y el digital.
En el primer caso nos encontramos con un libro de amplio formato, portadas duras y hojas de alto gramaje que sostienen fotografías en color de gran calidad; la distribución de los textos en pequeños párrafos y a modo de sandwichies dan al conjunto un aspecto de cómic peculiar. El contenido del texto así presentado es muy cómodo de leer por su distribución entre las atractivas fotografías, muy comprensible por su claridad de exposición y muy fácil de disfrutar por la amenidad con la que se tratan los temas de nuestro planeta.
La espectacularidad de las fotografías incide en las tres características señaladas (comodidad, claridad, amenidad) resultando un objeto atractivo que invita a ser leído y disfrutado, un objeto intelectualmente apetecible.

El libro viene con un CD por el que la Tierra surge en 3D con movimiento y sonido desde la pantalla del ordenador merced a las animaciones interactivas; de esta forma se puede observar la deriva de los continentes a lo largo de millones de años, la erupción de un volcán, la formación de un tornado o el avance de un glaciar.

Los contenidos del libro contemplan todos los procesos que tienen lugar en nuestro planeta desde su formación dentro del sistema solar, pasando por la dinámica interna que explica la formación de las rocas, las placas móviles, los continentes, las cordilleras o los terremotos, la formación de la atmósfera a partir del vapor de agua que en parte expulsaron los propios volcanes, la lluvia interminable durante miles de años que dio lugar a los océanos y lagos actuales, el papel actual del agua en sus tres estados y finalmente la aparición de la vida vegetal y animal hasta llegar a la situación actual.
Conocer la evolución de la Tierra es toda una aventura; y este libro lo hace posible.
 
(PM)  Comentario publicado en Peonza Nº 105, junio 2013
 

viernes, 11 de abril de 2014

Seis niños en Marte



Autor: Luis Ruiz de Gopegui
Ilustrador: Juan Miguel Aguilera
Editorial: Media Vaca, Valencia, 2011. 25 €
Luis Ruiz de Gopegui, es un astrofísico que fue jefe de los equipos de radiofrecuencia de la estación de Robledo de Chavela y posteriormente director de los programas de la NASA en España. Este es su primer libro dedicado a los niños y en él nos cuenta todo lo que razonablemente habría que hacer para llegar al planeta Marte. El autor lo sabe bien porque siguió desde la estación espacial de la NASA en España las operaciones que hicieron posible la llegada del hombre a la Luna amén de otros numerosos viajes espaciales.

El origen del libro es una historia personalizada que el autor quiso dedicar a sus dos nietos haciéndoles protagonistas de la misma. El que finalmente fuera publicada tiene mucho que ver con los buenos oficios de su hija Belén Gopegui y de la editorial Media Vaca que vieron en dicha historia las bases suficientes para trascender el ámbito familiar.
Como el propio título indica este relato narra la formidable aventura de un grupo de niños que viajan al planeta rojo en una nave espacial. Pero no es  un relato de ciencia-ficción sino un relato ficticio de divulgación científica. En alguna entrevista el autor confirma que la expedición se aproxima a lo que podría ser un viaje real en el que aprovecha el marco narrativo para explicar, en términos muy simplificados, las cuestiones técnicas que surgen en este tipo de periplos. 
Solo desde el conocimiento y la experiencia del autor se puede  hablar con tanto detalle de las diversas secciones de la nave explicando para qué sirve cada una, así como de las numerosa consideraciones que se hacen tales como: las condiciones de vida en un espacio ingrávido, los preparados especiales alimenticios, los ejercicios físicos necesarios para contrarrestar la descalcificación de los huesos, las numerosas operaciones que hay que realizar a bordo, los imponderables cotidianos que surgen en un viaje de 6 meses de duración, los detalles precisos de las maniobras de acoplamiento y aterrizaje en Marte, la exploración por su superficie perfectamente cartografiada y finalmente el despegue y regreso a la Tierra. 
Era necesario enumerar todos estos aspectos para comprender el grado de exhaustividad con el que está tratado el tema sin que por ello resulte aburrido; más bien al contrario la amenidad con la que está tratado y el interés de lo que se dice hace que su lectura resulte estimulante.
Por lo demás estos detalles técnicos y la forma tan sencilla de exponerlos hacen que el lector se sienta un viajero del espacio. Bien podríamos considerar que estamos ante un libro de viajes. Pero, como ya hemos dicho, también estamos ante un libro de divulgación científica por los datos, descripciones y consideraciones que se hacen; “Marte tiene una gravedad 1/3 menos que la tierra con días de 24 horas y años de 687 días; tiene una atmósfera de dióxido de Carbono y una temperatura que se mueve entre 20 º por encima de cero  y 60 º bajo cero. La montaña más alta mide 27 Km. de altura y el planeta y dista del nuestro 75 millones de Km; un Fórmula1 tardaría noventa siglos en hacer el recorrido.” nos dice.

El libro está magníficamente editado y cuenta con una gran colección de fotografías a todo color. A este respecto son interesantes los motivos que se presentan cedidos por la NASA: paisajes desérticos, cráteres, materiales que se recogen o tormentas de arena. También es una excelente idea que atraerá a los jóvenes lectores las fotografías manipuladas en las que los protagonistas aparecen flotando dentro de la nave, haciendo las operaciones que un astronauta debería hacer o explorando la superficie marciana.  
(PM) Publicado en Peonza  Nº 104, Marzo 2013.


martes, 8 de abril de 2014

Leer no es solo leer literatura (y IV)

ENSEÑAR ES ENSEÑAR A LEER

El alumno ante un texto de estudio deberá aplicar una forma de lectura que le permita el seguimiento de la argumentación del autor y busque la evidencia que soporta sus puntos de vista, su coherencia interna y su lógica. Para ayudarle en esa tarea debemos fortalecer capacidades intelectuales como análisis, conceptualización, manipulación de información, pensamiento sistémico y capacidad de síntesis; todo ello desde las características del estilo científico de claridad, veracidad, precisión, pertinencia, profundidad, amplitud y lógica. Evidentemente muchas de estas cualidades quedan fuera del campo de la Lengua y la Literatura y, además, debemos ejercitarlas siempre que el texto nos dé la oportunidad, bien sea éste de Biología, Física, Filosofía o Geografía.
   

Daniel Cassany nos dice que cada tipo de texto requiere un tipo de comprensión; de modo que uno puede leer bien (y entender) textos de Historia, pero no necesariamente de Química o de Biología.

Y esto nos lleva a la conclusión de que la enseñanza de cualquier disciplina implica la enseñanza de la lectura de sus textos específicos; al tiempo que se aprende a leer, se aprenden los contenidos que son leídos. En cada disciplina hay que plantearse leer y escribir, insiste Cassany. Ciertamente es un error dirigirse al profesor de Lengua cuando un alumno tiene dificultades al leer un texto de Matemáticas o de Física.
Bien podemos afirmar que toda docencia debe atender a la lectura (y a la escritura); y, por consiguiente, todo profesor debe ser un maestro de lectura (y de escritura).


 Autoanalizar la lectura
También éste de la adolescencia puede ser un buen momento para iniciarse en el autoanálisis como lector, es decir en la reflexión sobre la propia forma de lectura.
Si la lectura implica la comprensión del texto y la reflexión sobre el mismo, una lectura madura exige también la reflexión sobre la propia forma de leerlo; no sólo se trata de ser receptivos a la forma de lectura que nos está demandando el texto, sino de ser capaces de autoanalizar la propia forma en que lo hacemos. Debemos ayudar a repensar la lectura, reflexionar sobre ella en función de los distintos textos, hacer una lectura de la propia lectura y observar así las necesarias variaciones de actitud y de estado mental.
 

Este autoanálisis es fundamental para desarrollar una adecuada competencia lectora; por eso esta práctica es algo que se debe incorporar con el aprendizaje de la lectura y seguir cultivándola en la adolescencia. Desde esta perspectiva el lector debe interrogarse no sólo si tal o cual texto u obra le ha gustado, sino ¿por qué le ha gustado. ¿Qué efecto le ha producido? ¿Cómo ha sido su relación con el autor? ¿Ha sabido conciliar sus propios intereses con los del texto? ¿Cómo ha sentido la experiencia (ficción) o reelaborado el conocimiento (ciencia)?

La lectura así, podrá ser autodirigida, autorregulada y autocorregida, cobrando plena conciencia el sujeto lector de su propio proceso y siendo consciente de cuándo ejercita más la imaginación (literatura) y cuándo más el juicio o el razonamiento (filosofía, ciencia).

El aprendizaje permanente de la lectura
Quizás uno de los errores haya sido creer que leer, una vez interiorizado el mecanismo y ser capaz de descifrar las palabras, es una actividad relativamente sencilla, que va mejorando de forma natural.
 

Con lo que aquí se ha dicho, vemos que aprender a leer no termina nunca, y por tanto su enseñanza en Secundaria desde todas las áreas es ineludible e inexcusable.
En realidad, un estudiante que no sabe leer como lo requieren los diversos textos va a tener dificultades para conseguir el título de Graduado y encontrará prácticamente imposible terminar con comodidad el Bachillerato. Sin embargo hay autoridades académicas (Gregorio Salvador) que dicen que hay un tipo de lector mediocre que llega incluso a la Universidad; quizás también la lectura deba formar parte de los currículos universitarios; de hecho algunas universidades norteamericanas sí la tienen incorporada en sus programas.   


Por lo que a nosotros concierne, creo que el aprendizaje y la aplicación de diversas formas de leer a los diferentes tipos de textos contribuirán a disminuir la frustración, la desmotivación o el abandono de determinados textos o libros; y a la postre también ayudarán a mejorar la calidad y el nivel de lecturas de nuestros alumnos para poder enfrentarse con madurez eficiente a cualquier tipo de texto. 


Adaptación a partir del artículo "Leer es más que leer literatrura" publicado en Peonza nº 92 (2010)

viernes, 4 de abril de 2014

El niño que vivía con los avestruces



Autora: Mónica Zak
Traductor: Oscar García
Ilustrador: Enrique Flores
Editorial: Anaya, Madrid, 2012.  8,20 €

El mito del niño salvaje cuidado por animales tiene precedentes muy antiguos y en culturas muy diversas; veamos algunos ejemplos: Zeus es amamantado de niño por una cabra, Rómulo y Remo tienen de nodriza a una loba,  leyendas persas hablan de osos preceptores de niños, leyendas japonesas hablan de niños mono, etc. Sería interesante examinar la parte de verdad que pueda encerrar el pensamiento mítico, pero no hay duda de que muchos dramas humanos reconvertidos en imaginarios se apoyan en acontecimientos reales.
En realidad tampoco hace falta remontarnos tan alto ni tan lejos para rastrear experiencias tan extremas. En la cercana Europa hay numerosos casos documentados: Rousseau nos habla del niño de Hesse criado con lobos, Condillac del niño lituano que vivió con osos, se habla del niño carnero de Irlanda, de un segundo niño oso de Lituania, de los niños cabra de los Pirineos o de la muchacha oso de Hungría; sin olvidarnos de los casos mejor estudiados: el muchacho de l´Aveyron (1799) y Kaspar Hauser de Nüremberg (1828).

Tampoco es menor la casuística que se encontraron los ingleses en su invasión del Sur de Asia donde pudieron escuchar leyendas y cuentos que hablaban de niños lobo, niños leopardo e incluso de un niño gacela, criaturas que crecieron al margen de la socialización humana y de las que se harían eco El libro de la Selva o Tarzán.
  
En esta vertiente literaria se sitúa la escritora sueca Mónica Zak tras recoger una  anécdota que escuchó de dos refugiados saharauis; estos contaban el caso de un niño que sobrevivió merced a una familia de avestruces, que finalmente fue rescatado y cuyo hijo todavía vivía entre los refugiados. Tras visitar ella misma en numerosas ocasiones los campamentos en Tinduf y de contactar y hablar con el hijo, recreó la historia motivo de este libro.

Hadara, un niño de dos años, se extravía de su madre cuando ésta pierde el contacto con una caravana que viaja por el desierto y son sorprendidos por una espectacular tormenta de arena.  Todo el mundo cree que el niño ha muerto, pero encontrado por un grupo de avestruces lo crían como a uno más de su especie. Con ellos convive durante diez años hasta que finalmente miembros de su pueblo lo descubren, lo reconocen y le devuelven a su hogar. Por el medio está toda una aventura en un medio natural con éstos y otros animales; las dificultades vendrán después para adaptarse a la vida de los humanos. Nota: Estas aves zancudas desaparecieron del Sahara a mediados del siglo XX.

Amor, ternura, amistad, hospitalidad, generosidad, entrega y solidaridad son los valores que brillan en esta novela del niño avestruz que nunca se rindió, que logró sobrevivir a una vida dura y difícil y que hoy es un símbolo de la lucha del pueblo saharaui por un territorio libre. (P M) Publicado en Peonza Nº 105, junio de 2013


martes, 1 de abril de 2014

El roble (La aventura de vivir)


Autor: Silvar, Calros
Ilustrador: Silvar, Calros
Editorial: Lectio Ediciones, Barcelona y Ártabro Editora, A Coruña, 2012. 14,90 €

Roble (Quercus robur) es el nombre genérico con el que se conoce a una de las familias de plantas arbóreas más extendidas. En todo el mundo hay más de cuatrocientas especies distintas de la familia Quercus; su secreto está en su gran capacidad de adaptación a cualquier territorio y a casi cualquier clima, siempre que estos últimos no sean muy extremos. En Europa viven unas veinticinco de estas diferentes especies; en España las cinco especies que más abundan van desde el roble albar del norte de la Península a la encina y el alcornoque del interior pasando por el quejigo de las sierras interiores o el melojo del Pirineo.

En el libro-álbum que ahora presentamos Roble es un protagonista que se dirige al lector contándole cómo es su vida, cuántos años puede durar (muchos llegan a los 400 y el más antiguo que se conoce tiene 900 años) y las relaciones que mantiene con los demás seres vivos de su ecosistema a medida que se suceden las estaciones.
Así vemos que a lo largo del año cada árbol alberga a una auténtica jungla en miniatura por la que se mueven ejércitos de seres más o menos diminutos, más o menos silenciosos que buscan alimento y escondrijo.

También nos habla de sus principales enemigos, el vendaval, el rayo, las grandes arroyadas invernales y, por encima de todo ellos, el hombre (talas, incendios, carreteras y viviendas residenciales).
Por último, y además de recordarnos que ha sido el árbol sagrado de la cultura celta, nos relata los mil usos para lo que ha servido su madera a lo largo de la historia (agricultura, navegación, casas, muebles, incluso en botica).
Las ilustraciones de gran realismo y a todo color embellecen el volumen, complementan el texto y estimulan su lectura; el conjunto es un canto a la naturaleza y una forma de   sensibilizar en el respeto hacia los árboles. Un buen motivo para hacer una salida a un robledal, si se tiene a mano, y apreciar (y disfrutar) de sus asombrosas características. (P M) Comentario publicado en Peonza Nº 105, junio 2013


viernes, 28 de marzo de 2014

Cómo funcionan las máquinas

Autor: Nick Arnold
Ilustrador: Allan Sanders
Editorial: Macmillan, Madrid, 2012. 18 €

Nick Arnold es un experto divulgador  multidisciplinar que se dirige a un público infantil y juvenil captando su atención con provocadores títulos como Esos microscópicos monstruos, Sangre, huesos y otros pedazos del cuerpo, etc.
Sus inicios como escritor de este tipo de contenidos parten de la experiencia que como profesor de La Universidad del Norte de Londres llevó a cabo impulsando un proyecto donde enseñaba ciencia a los niños. Desde entonces se ha convertido en un agitador de conciencias adolescentes desentrañando de forma irreverente y divertida los misterios de la ciencia, de la historia, de la naturaleza o del cuerpo humano; sus intervenciones públicas se concretan en encuentros con escolares, programas en radio y televisión, festivales culturales y publicaciones como las arriba citadas o ésta que ahora presentamos.
En este caso se trata de un libro-caja de herramientas en cuyas primeras veinte  páginas nos va presentando las fuerzas que actúan en diversos mecanismos ideados por el hombre (plano inclinado, tornillo, palanca, noria, polea, etc.) y de qué modo sus aplicaciones han resultado ser fundamentales para la construcción de pirámides, molinos de agua y de viento, grúas, trenes cremalleras, gatos de coches, locomotoras, bicicletas, relojes, ascensores, escaleras mecánicas o montañas rusas. Tales dispositivos y sus componentes se explican a un nivel muy sencillo y de forma clara y amena.

En la segunda parte del libro las páginas dejan el espacio a una caja de cartoné en cuyo interior se encuentran los elementos para construir 12 máquinas simples; dichos elementos van desde un tablero perforado acompañado de tuercas, pernos, hilos y arandelas hasta 36 piezas de máquinas de distintas formas y tamaños.
El libro en cuestión busca fomentar la creatividad, la destreza manual y la resolución de problemas; pero también resultará ser una magnifica herramienta para excitar la curiosidad y abrir la mente hacia la comprensión del funcionamiento de diversos ingenios de la vida cotidiana. (PM) Publicado en Peonza  nº 104, Marzo de 2013.

martes, 25 de marzo de 2014

Leer no es solo leer literatura (III)

ESTRUCTURAS TEXTUALES Y FORMAS DE LECTURA (II)

 Diversidad de textos
Si repasamos las demandas de algunas tipologías textuales observamos que ciertas novelas tienen profusas descripciones y una abigarrada retórica donde el lector se mueve por el relato como navegante solitario en proceloso mar. Como contraste, algunos cuentos mantienen estrictamente las reglas de la concisión, la celeridad y la precisión; reina la elipsis, la omisión (teoría del iceberg - siete octavas partes invisibles por cada parte que se ve-), la ambigüedad y una economía verbal a base de tachar, simplificar y reescribir; el lector ahora está encima de ese témpano de hielo, deduciendo, sospechando, vislumbrando toda la masa que se esconde bajo el agua. He aquí dos propuestas que exigen ser leídas de forma distinta.
 

La poesía es ya un caso aparte y, para algunos, ni siquiera es literatura ya que ésta descansa en la ficción, mientras que la poesía no; así lo cree Antonio Gamoneda para quien el poeta expresa hechos existenciales (sufrimientos, gozos, temores), siendo por tanto una emanación de la vida. El tipo de lectura que requiere este arte de colocar “las mejores palabras en el mejor orden” según Cernuda, exige una forma de leer especial; dice Bloom que “un criterio fundamental para juzgar si un poema es bueno es que soporte la lectura más atenta y vigilante” y un poco más adelante nos aconseja que siempre que sea posible “hay que aprenderse los poemas de memoria”[1]; la lectura en voz alta es también muy apropiada para este género, acostumbrando a hacerla entonada, artística y comprensible; así, cada vez será más gratificante, permitirá al lector escuchar ecos que resuenan en su interior y descubrirá cosas de sí mismo que posiblemente ignoraba que sabía.

Sería de gran ayuda para nuestros alumnos que antes de empezar a leer estos géneros supieran realmente a qué se enfrentan, y saber así cómo deben predisponerse en cada caso para abordarlos con éxito; el que no lo hagan solos, tampoco en Secundaria, puede ser uno de los mejores caminos para conseguirlo.
   


El discurso científico
Un tipo de lectura muy distinto es el que demanda el discurso académico, que exige un alto grado de concentración y una mente presta a la asociación de ideas, al contraste con lo ya conocido y a la reconstrucción mental permanente; para que la recepción sea eficaz se requiere, a su vez, un entrenamiento en sus contextos determinados ya que una misma palabra puede adquirir un significado particular en cada materia.
En definitiva, el discurso académico favorecerá la comunicación científica si se despliega una actitud mental específica que ponga en marcha el tipo de lectura que exige dicho texto; y así, será necesario diferenciar con precisión el objetivo que se persigue y utilizar el razonamiento como intento de solucionar un problema, resolver un interrogante o explicar un acontecimiento.
 
A partir de aquí vendrán las sucesivas tareas de formular preguntas y clarificar el alcance de éstas; identificar los conceptos clave y explicarlos con claridad y precisión; identificar los supuestos y cómo éstos determinan los puntos de vista; verificar que las conclusiones son consistentes; y, por último, considerar las implicaciones y las consecuencias.
 


Dado que lo que caracteriza al lenguaje científico es el alto grado de abstracción y el predominio de formas impersonales dentro de un estilo preciso y riguroso, la forma de lectura a emplear debe adaptarse a estas condiciones; deberá predominar, por tanto, la reflexión, la reconstrucción y la sugerencia a partir de los contenidos expresados. Se tendrá en cuenta además que, en tales textos, tan importante como la comprensión en sí es la capacidad de los alumnos para establecer relaciones entre los conceptos que se expresan y los conocimientos adquiridos en otras situaciones.[2]
 


En el caso de los libros de matemática, además de lo que se acaba de exponer, todo lector debe saber que no puede aplicar una lectura secuencial, sino que por el contrario, deberá moverse hacia atrás o hacia delante en búsqueda constante de las referencias a otros problemas, otros presupuestos y otras soluciones.

La Biblioteca es el lugar privilegiado para perseguir todos los objetivos posibles de un lector; por tanto es allí donde el estudiante puede acceder, consultar y confrontar las variadas estructuras textuales y desarrollar así las correspondientes formas de lectura; la presencia y ayuda atenta del profesor es imprescindible para evitar desorientaciones, decepciones y deserciones.

Pero también el aula, donde se sucede el día a día del trabajo escolar, debe cobijar esta labor. Los libros de texto suelen presentar ciertas deficiencias (de organización, de jerarquización) que dificultan su comprensión; enseñar a los alumnos a detectarlas provocará una lectura más crítica y activa; es decir los estudiantes tendrían que plantearse continuamente qué se pretende comunicar, si está siendo expresado correctamente o por qué el texto plantea dificultades de comprensión.

De este modo el alumno deberá hacer un esfuerzo consciente por “construir” el significado de lo que está leyendo. Además tomará conciencia de que los textos pueden tener una redacción inadecuada, aprenderá a descubrir las carencias o los errores y sabrá qué hacer ante ellos, controlará sus propios procesos de comprensión y, paulatinamente, irá acercándose al texto escrito con mayor madurez y eficacia.

Ayudará a esa comprensión y fijación el tener que reescribir, resumir o expresar en forma escrita y gráfica el modelo mental que el lector está construyendo sobre el significado del texto; tal modelo deberá estar bien organizado y presentar las ideas jerarquizadas.
 


El mismo papel que se ha dado al cultivo de la escritura creativa como el mejor camino para el fomento de la lectura literaria, (G. Rodari, V. Moreno, JL. Polanco) se podría aplicar a la escritura de estudio como apoyo de una lectura comprensiva de textos complejos; la aplicación de este tipo de escritura en la reconstrucción, reordenamiento y selección de la información, favorece además la producción de significados y la generación de nuevas ideas y nuevas conexiones entre los conocimientos que se poseen.[3]

La facilidad con que los soportes digitales permiten saltos y disgresiones son un arma de doble filo porque, si bien por un lado significan una profundización en ciertos aspectos de un tema, por otro son una forma de desviarse de éste con la consiguiente dificultad para mantener la línea de un argumento. El problema no es sólo el riesgo de “andarse por las ramas” sino el de volver de nuevo al tronco, a la línea principal del razonamiento.

Por eso hay ciertas preguntas que el buen lector siempre se ha hecho y ahora nos parecen aún más pertinentes: ¿Dónde estoy? ¿A dónde me lleva esto? ¿A dónde quiero ir? 

(Adaptacion a partir del artículo Leer es más que leer literatura publicado en Peonza nº 92)



[1] Bloom, Harold: Cómo leer y por qué. Ed. Círculo de lectores. Barcelona. 2000 pp.74-75
[2] Márquez, Conxita y Prat, Ángels: “Leer en clase de ciencias” en Enseñanza de la Ciencias, Servicio de Publicaciones de la U.A. de Barcelona. V. 23 n.3 2005 p. 431 y ss.
[3] Colomer T. y Camps A.: Enseñar a leer, enseñar a comprender. Celeste Ediciones/MEC. Madrid, 1996 p. 25