viernes, 5 de junio de 2015

La moral del camaleón



Autora: Adela Cortina

Editorial: Espasa Calpe, Madrid, 1991



La catedrática de ética y filosofía Adela Cortina escribía este sugerente libro a finales de los ochenta y principios de los noventa.

Nietzsche había anunciado en su tiempo la muerte de Dios y con ello el fin de una moral, la moral del deber y de la sumisión; la representaba a través de un camello. Para Adela Cortina en España, a la moral del camello la estaba sucediendo a finales de siglo, la de otro animalito que a todo se adapta, porque lo que le importa es vivir: el camaleón. La moral del camaleón, nos dirá, sirve para ir tirando, pero no para ser hombre o mujer en el hondo sentido del término. Era un estilo de vida al que se apuntaron políticos y ciudadanos, defraudando con ello ideales seculares, sueños de la humanidad, como el de una sociedad de individuos autónomos y justos.

Popularmente entre la progresía de aquel final de los ochenta que se conoció como los años del desencanto. Definitivamente las utopías quedaban desterradas y con ellas demasiadas ilusiones arrumbadas. El tope de las aspiraciones políticas había llegado a una democracia liberal que ofrecía la protección de la libertad por medio del derecho.

La moral del nuevo socialismo ya no sería el colectivismo, sino el individualismo, un individualismo solidario, entendiendo por solidaridad cooperación. Cooperar para el bien común, para el beneficio mutuo. Frente al liberalismo tradicional que propugnaba menos Estado, este socialismo busca extender y profundizar en el Estado democrático, articulando una respuesta coherente a los movimientos sociales. Sin pública información y libre discusión no hay democracia posible, dirá Cortina.


Pero una democracia puede resultar legítima con dos tercios de ciudadanos respetados y satisfechos.  La democracia de los dos tercios. Sin embargo ¿es una democracia justa?  Un tercio de ciudadanos desfavorecidos por la lotería social es demasiado para una sociedad moderna que pretenda estabilidad, legitimidad, dignidad, equidad y justicia. Si el principio de toda ética es el rostro del otro, en este caso la ética exigía transformar un sistema que por muy democrático que fuera era injusto por producir miseria. 


Idéntica afirmación se puede aplicar a nuestro régimen democrático actual.

El problema está en que una ruptura radical tendría un alto coste en sufrimiento colectivo sin tener muy claro cuál sería la meta.

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