domingo, 26 de mayo de 2013

LA LECTURA COMO EJERCICIO DE DESARROLLO Y MANTENIMIENTO

Paciano Merino
Profesor e integrante del Equipo Peonza
(Artículo publicado en Peonza Nº 98, Octubre de 2011


Cada cierto tiempo alguna nueva publicación reaviva el debate de la influencia de las nuevas tecnologías de la comunicación en las habilidades intelectivas, en los procesos de aprendizaje y, como consecuencia de todo lo anterior, en la propia lectura. Desde la estela de las ideas que desarrollara McLuhan hace más de medio siglo, se aborda tangencialmente dicho debate y se desgranan algunas propuestas relacionadas con la lectura que pueden ser asumidas por ambas partes contendientes. 

Los instrumentos técnicos como extensiones de las facultades físicas humanas
La época actual, tan pródiga en innovaciones técnicas, ha actualizado el pensamiento de Marshall MacLuhan, para quien la tecnología suponía fundamentalmente una prolongación de los sentidos; así, las múltiples aplicaciones mecánicas de la rueda habrían significado una prolongación de los músculos;  y aplicada a los vehículos sería una extensión de los pies y las piernas; pantallas y teléfonos serían una extensión de ojos y oídos; el libro extendería la mente; y los circuitos electrónicos serían una nueva extensión del cerebro y del sistema nervioso central. Si se aceptan estas analogías, hay que admitir que su influencia en la forma de percibir el mundo es determinante; en efecto, si cada nueva extensión significativa supone una alteración de la manera de pensar y de actuar, el conjunto de estas extensiones establecería la comprensión específica de una época concreta. De este modo, los cambios técnicos no solo alterarían los hábitos de vida, sino también los modelos y patrones de pensamiento; es decir que cuando cambia la técnica, cambia el hombre.[1]

Los inventos inventan al ser humano contemporáneo
Las anteriores afirmaciones llevan a McLuhan a deducir que los contenidos teóricos quedan afectados por los medios de comunicación que los transmiten, reconvirtiéndose así en nuevos contenidos con significaciones escondidas; el medio crea y recrea su “ambiente” que es lo que también se transmite. Por tanto, no nos valdría aquello de que el mensaje está en el medio, sino que el mensaje es el medio ya que éste sería el elemento  que solapadamente iría influyendo sobre las mentes que lo reciben; “Cada una de las formas de transporte no solo acarrea, sino que también traduce y transforma al que envía, al que recibe y al mensaje.”[2]
Como es bien sabido, algunas de estas teorías fueron desarrolladas exhaustivamente en su siguiente y más conocida publicación, La galaxia Gutemberg, y en ella destaca la importancia de ciertas invenciones en la transformación y conformación del propio ser humano, como consecuencia de su uso. En efecto, instrumentos como el lenguaje, la escritura, la imprenta o la televisión, al ampliar uno u otro de sus órganos sensoriales, lo hacen de tal modo que todos los restantes sentidos o facultades quedan perturbados hasta reacomodarse a las nuevas condiciones.[3]
La imprenta sería un paradigma dentro de estas innovaciones ya que su utilización cambiaría la percepción del propio lenguaje, modificaría las formas de aprender, alteraría los procesos de pensar y variaría las pautas de actuar. Aprendizaje, pensamiento y conducta habrían sido modificados paulatina, inconsciente, velada e irreversiblemente, a partir de la multiplicación de los libros y de la difusión de las ideas.
Llegados a este punto, cobraría fuerza la sospecha de que el hombre contemporáneo no sea otra cosa que un producto de la propia imprenta; y aunque la inteligencia humana es capaz de alejarse, mediante un salto, de lo que está haciendo para examinarlo, mucho nos tememos que cuando se trata de una época futura todo lo que digamos es como pretender elevarnos sobre el suelo poniéndonos de puntillas y tirando de un brazo hacia arriba con la mano del otro; y es que estamos atrapados en nuestra propia forma de pensar. La inteligencia puede brincar fuera de su producto, pero no puede alejarse mucho de él si elementos de ese producto han conformado en parte a la propia inteligencia; el bucle recursivo es inevitable; Escher lo representa poéticamente con las manos que se dibujan mutuamente.


Paisaje tras la actualización de McLuhan
Si aplicamos las teorías de McLuhan a las nuevas tecnologías de la comunicación, el panorama que se nos esboza es ciertamente inquietante, aunque no todos lo ven así. Los críticos con este medio manejan un escenario que colocan en un futuro más o menos cercano, aunque consideran que algunas de sus características han empezado ya a manifestarse. Los defensores, en cambio, despliegan las grandes ventajas que Internet ofrece en el presente y auguran otras más fantásticas en el futuro. Aunque el debate lleva abierto desde hace varias décadas, algunas publicaciones recientes han venido a reavivarlo al ser sus autores consumados usuarios de los medios digitales. Éste es el caso de Nicholas Carr[4] para quien el ordenador, al ser una prolongación del cerebro, le sustituye en numerosas operaciones mentales. El resultado es que su uso continuado debilita la memoria, rebaja la atención y mediatiza la creatividad.
Además, el constante poder de distracción, algo inherente a las nuevas tecnologías, ejercería un influjo negativo en la capacidad humana de concentración; la incitación a buscar lo breve y de forma rápida dejaría pocas opciones al detenimiento; y la trivialización del esfuerzo conceptual mediante imágenes efímeras reduciría las oportunidades para la reflexión. Parecería así que delante de la Red se hace difícil hacer pensamiento profundo; y la propia capacidad de abstracción se resentiría por falta de uso. Obviamente, niños y jóvenes estarían más expuestos a tales repercusiones, al encontrarse todavía en la etapa de formación de algunos de estos procesos mentales.

De la galaxia Gutenberg al universo ciberespacial
Pero no es objetivo de este artículo describir todas las consecuencias negativas que los detractores de esta tecnología creen percibir ya o ven proyectarse como amenaza para las siguientes generaciones. Sin embargo, lo que parece estar fuera de toda duda es que el medio Internet modifica los hábitos intelectuales, ya que éstos son fruto de la repetición y de la práctica cotidiana; que los nuevos hábitos repercutan en determinadas habilidades intelectuales es lo que el debate pone en juego; y como algunas de esas habilidades tienen que ver con la calidad de la lectura, ésta también está en juego ya que sería una de las actividades intelectuales que más se modificaría con este cambio de hábitos.
Recordemos que Roger Chartier ya nos advirtió de que cada etapa histórica desarrolla unas formas de lectura y de apropiación de sentidos acordes con la manera de crear o producir textos; y según esto nuevas prácticas lectoras implicarían nuevas formas de pensar o nuevos patrones de pensamiento.[5] Vemos que desde varias perspectivas se confluye en una misma idea: que las formas de lectura están cambiando; quizás sea más difícil saber en qué dirección lo hacen.
Las prospecciones del futuro de la sociedad que se han concebido a lo largo de la historia,  no han resultado en general muy acertadas. Suele suceder, además, que cuando se proyectan mundos pesimistas futuros tendemos a idealizar la época presente. Por ejemplo, al preocuparse por el pensamiento profundo de las generaciones próximas podría dar la sensación de que esta práctica es habitual en las presentes; al hablar de amenazas a la calidad lectora podría suponerse que la sociedad actual practica mayoritariamente un grado de madurez lector óptimo.

Las actividades de mantenimiento
Supongamos que alguien, desde un pasado más o menos lejano,  hubiera teorizado sobre los efectos a medio y largo plazo que el maquinismo iba a tener sobre los organismos humanos de las generaciones futuras. Ciertamente las máquinas vendrán a liberar al hombre de numerosas servidumbres, habría dicho nuestro agudo observador, pero, a cambio, los nuevos hábitos de trabajo repercutirán en un tipo de vida cada vez más sedentaria; y con esta nueva situación, habría continuado, los organismos humanos estarán más expuestos al aumento del colesterol y de glucosa en la sangre, al aumento de la tensión arterial, a la acumulación de grasas, a la obesidad, al insomnio y a la depresión. Además, habría añadido nuestro sagaz comunicante, las generaciones futuras serán más vulnerables ante las enfermedades cardiovasculares y algunos tipos de cáncer; sin olvidar que la reducción del esfuerzo físico disminuirá la fuerza y resistencia muscular y esto, a su vez, repercutirá en la capacidad funcional para realizar otras tareas de la vida cotidiana.
El lector se habrá dado cuenta de que nuestro perspicaz personaje tenía conocimientos de medicina por lo que a continuación habría recomendado seguir realizando ejercicios físicos por otra vía, ahora que la literalidad de la maldición bíblica (ganar el pan con el sudor de la frente) perdía vigencia.

Hoy vemos que las sociedades postindustriales han visto esa necesidad y han seguido ese consejo; la práctica de actividades al aire libre o en centros deportivos ha ido tomando cada vez más fuerza entre la población hasta convertirse en un hábito saludable. Ya nadie duda de que el ejercicio físico y el deporte son altamente beneficiosos para el desarrollo y mantenimiento del tono muscular y funcional del organismo; es una cuestión de salud y de calidad de vida.

Pues bien, aunque las repercusiones de los cambios físicos y fisiológicos no significan lo mismo que los cambios en el sistema neuronal, en líneas generales podemos llevar adelante la comparación aplicando similares remedios.
Se trataría así de desarrollar y robustecer hábitos mentales; de fomentar ejercicios que refuercen las habilidades intelectuales que la cultura ciberespacial descuida; y, en definitiva, de tomar conciencia de la necesidad de estimular y mantener las capacidades cerebrales. Como en el caso anterior, tales ejercicios son altamente recomendables por una cuestión de salud (mental) y de calidad de vida.

Las lecturas necesarias y la necesidad de diferenciarlas
Y aquí es donde la lectura puede jugar un papel importante; pero no cualquier lectura, sino la alta lectura, la mejor lectura posible, la que incita a la reflexión y fomenta el pensamiento profundo. Esa lectura es y será la mejor gimnasia de desarrollo y mantenimiento neuronal.
Ahora bien, si no podemos ni debemos prescindir de Internet; si, por otro lado, es cierto que este medio está fomentando nuevos hábitos intelectuales; si también resulta cierto que estos nuevos hábitos están debilitando determinadas capacidades intelectuales; y por último, si tales circunstancias repercuten negativamente en la calidad lectora, entonces se impone desarrollar un aprendizaje de la lectura en paralelo dentro y fuera de la Red. Dentro, porque Internet es irrenunciable. Fuera, porque algunas de las habilidades intelectuales que una buena lectura requiere sabemos que se pueden conseguir desde soportes más  simples. Evidentemente este aprendizaje hay que desarrollarlo a lo largo de toda la etapa escolar.
La distinción entre los dos tipos de lectura se hace necesaria porque el lector debe ser consciente de que está realizando actividades intelectuales diferentes, aunque en los dos casos esté leyendo. La amenaza para la lectura no está en Internet, sino en creer que desde éste se puede leer igual que desde fuera de él, en creer que ambas lecturas son la misma o en dejar que la práctica de una contamine a la otra.
Las posibilidades ilimitadas de información y la rapidez con la que se accede desde este medio digital apenas deja resquicio para que dicha información derive en conocimiento. El lector estará en mejores condiciones de conseguirlo si previamente ha fortalecido ese otro tipo de lectura que reclama serenidad, silencio, atención, reflexión y concentración; y eso, creo que por ahora, sólo lo podemos conseguir al margen del ruido y las luces de fondo del ciberespacio.

La lectura como gimnasia mental
A partir de este primer reto, la lectura que surja del sosiego y la reflexión será la llamada a convertirse en ese ejercicio intelectual al que nos referíamos más arriba. En efecto, la  lectura, cual gimnasia neuronal, se nos presenta como una de las actividades mentales más completas para desarrollar y mantener el tono intelectual. Tan formidable deporte intelectual es insustituible si queremos desarrollar, estimular, potenciar o, simplemente, mantener capacidades intelectuales como la atención, la imaginación, la creatividad, la sensibilidad, la memoria, la reflexión, la profundidad, la introspección o el razonamiento.

El lector que realiza esta clase de lectura es el que aplica una forma especial de atención y de escucha; ese lector que es capaz de ver la realidad desde múltiples perspectivas; que ha desarrollado un criterio sólido para elegir las obras en función de sus necesidades; que adopta actitudes distintas en función de las obras que tiene delante; un lector que inquiere, que recrea y que se deja invadir por lo que el autor le está proponiendo. En suma, estamos pensando en un lector selectivo, que escoge porque sabe qué lectura merece la pena,  por qué debe leerse y cómo debe ser leída.
A su vez, esa forma de leer tiene que surgir de la demanda que la obra escrita exige. No nos interesa el libro que pide una lectura simple, banal o superficial, sino el que impone otra forma de leer y contribuye a elevar el nivel del lector; nos referimos a ese libro que no se deja dominar con una primera lectura porque no termina de decirlo todo; ese que se resiste a ser utilizado como algo de usar y tirar. Por eso no vale cualquier título,  ni todos los que valen valen igual.
El papel del docente o intermediario surge a la hora de presentar, graduar las propuestas, animar o motivar al alumno. Si el medio es el mensaje, en algunos casos el medio también puede transformarse en masaje; del animador depende (cual fisioterapeuta mental) el que se convierta en un estímulo o en un lavado de cerebro.

La práctica lectora, como actividad cerebral que es, requiere un tiempo propio y una práctica sistemática, como también lo requiere el ejercicio físico. El modelo de lector sería así el del deportista intelectual y se caracterizaría por su constancia, su fuerza de voluntad, su espíritu de superación, su deseo de hacer cada vez lecturas más elevadas y su disfrute con todo ello; un deportista cuya competitividad la aplicaría a mejorar sus propios niveles de competencia lectora; un deportista por afición y entusiasta.

Los obesos mentales de ese futuro próximo serían aquellos que, dejándose llevar por la comodidad de la tecnología, no atendieran ni desarrollaran las capacidades y potencialidades del cerebro. Esa sería la diferencia entre un lector corriente, superficial y un lector competente y profundo.


[1] McLuhan, Marshall: La comprensión de los medios, como extensiones del hombre. Editorial Diana, México, 1964. (p.93)
[2] McLuhan, Marshall: La comprensión de los medios, como extensiones del hombre. Editorial Diana, México, 1964. (p.122)
[3] Mcluhan, Marshall: La galaxia Gutenberg. Editorial Planeta-Agostini, Barcelona, 1985.
[4] Carr, Nicholas: Superficiales: ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes? Editorial Taurus, Madrid, 2011.
[5] Chartier, Roger: Historia de la lectura en el mundo occidental. Editorial Taurus,  Madrid, 1998.

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